Conocí a Jesucristo mientras estudiaba psicología en la universidad. Un buen amigo me lo presentó un día con gran entusiasmo. Pero no solo eso, tuvo la dedicación de responder mis numerosas preguntas respecto a Dios, la Biblia y un muy largo etc. Admiré su sabiduría, la cual decía que provenía de ese Dios que tanto amaba y de Su “libro”, la Biblia, que él citaba con soltura. Además de preocuparse por mis inquietudes intelectuales, me mostró una amistad y preocupación genuina, limpia, paciente, generosa, firme, que hasta entonces no había conocido, y me conmovió. Siempre que cuento mi historia, digo que hubo una persona que “me amó”, y a través de ese amor conocí el amor de Cristo.
“El Libro”, que mi amigo parecía conocer tan bien y que yo conocía solo superficialmente, generó en mi una curiosidad tan grande como los textos de estudio de mi carrera. Pese a tener un pasado católico nunca experimenté esa fe ni amor por la Biblia, y allí comenzó mi búsqueda; quería entenderla, no sabía muy bien porqué, pero su atracción fue poderosa en mi, aunque siendo honesta… al leerla no entendía nada y mientras más buscaba respuestas, más preguntas me surgían. Este libro era un misterio.
Paralelamente, comenzó lo que hoy yo llamo “el rodeo”. Cristianos se me cruzaban por todas partes, donde quiera que iba alguien me hablaba de Dios. Hoy entiendo que era El quien me estaba llamando. ….pero la porfía es grande.