
Si tuviera que entregar solo un consejo, un solo aprendizaje, una sola palabra incluso, que sintetice todo el aporte que yo pudiera dar de todo lo que he vivido, sería: EDÚQUESE. En concreto, LEA.
“Mi pueblo perece por falta de conocimiento” dice la Escritura, y es así. No solo por falta de conocimiento bíblico (o interpretaciones erróneas que es peor), sino por falta de conocimiento sobre LA CREACIÓN.
Me refiero a sobre cómo funcionan las cosas, la naturaleza, el cuerpo humano, el desarrollo físico femenino y masculino, los distintos procesos y etapas por los que atraviesa el cerebro humano, primero del bebé, luego del infante hasta llegar a la adolescente y al adulto; los ciclos femeninos y su relación con otros ciclos naturales, las necesidades básicas que debemos satisfacer en cada etapa evolutiva; las relaciones interpersonales, las relaciones padres e hijos, cómo funcionan las relaciones de pareja, y sobre todo la relación que existe entre el hombre y la naturaleza, conocimiento que nos permitiría cuidarnos a nosotros mismos y cuidar lo que Dios nos ha dado a nosotros para cuidar.
Dios nos encomendó la tarea de cuidar y administrar, pero no sabemos hacerlo por falta de conocimiento. ¿Y saben? la Biblia no es la única fuente de ese conocimiento, es la primera, es la fuente primaria, la pieza clave del gran rompecabezas de la Creación de Dios. Lo digo con mucho respeto, pero con mucha convicción: en muchas iglesias se rechaza (explícita o implícitamente) el conocimiento de cualquier otro libro que no sea la Biblia. Y ese pueblo perece lentamente. Perece en el seno familiar, perecen las relaciones matrimoniales y con los hijos, perece el cuerpo por falta de cuidado y agotamiento, perece la honestidad y la humildad, perece el respeto entre los miembros de la familia, perece el tiempo de calidad compartido, perece la sincera y profunda vida espiritual, perece la felicidad en el hogar, y junto con ello cualquier actividad fuera de ella, incluso en la iglesia.
Hermanos, no rechacen la educación. Porque la sabiduría Dios la puso en todas partes para que, mediante la simple observación de ella en cada creación suya, lo encontremos a El.
¿Acaso hay algún médico o científico que no se deslumbre ante la perfección y belleza del cuerpo humano, ante su majestuosa complejidad? ¡Es una maravilla! No hay científico, ya sea creyente o ateo, que no se maraville ante lo que descubre, porque, lo sepa o no, se acerca a Dios, y maravillarse es la única reacción posible ante Dios.
Hermanos, la ciencia lo que hace es OBSERVAR la creación, estudiarla para aprender más sobre su funcionamiento, las leyes que la rigen, lo cual nos permite cuidarla. El hecho que no la cuidemos responde a un tema moral, proviene de la insensatez del corazón del hombre que no hace lo bueno con el conocimiento que tiene en sus manos, pero ese es otro tema; especialmente el pueblo de Dios tiene (o debería tener) ese ingrediente que le permite cuidar y construir, en vez de dañar y destruir, y es el “temor de Dios”, ese es el PRINCIPIO de la sabiduría:
«El principio de la sabiduría es el temor de Jehová;
Los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza»(Proverbios 1:7)
El carpintero conoce la madera, sus propiedades y usos, las herramientas para moldearla, construye con ella. El pescador conoce el mar, sus tiempos y ciclos, la ha observado y sabe cómo obtener sus riquezas, gracias a ese conocimiento se alimenta y vive. Y así, podría seguir con cada oficio, cada profesión, cada área de la ciencia que se ha desarrollado desde el principio hasta hoy, el conocimiento aumentará y lo que hagamos con él, sea bueno o malo, dependerá de cuán cerca estemos del propósito del Creador, de cuánto respeto tengamos por El, pero qué necio es contar con esto último y en cambio despreciar el conocimiento, que está al alcance de todos hoy más que nunca, aunque siempre ha estado allí disponible para ser descubierto:
«La sabiduría clama en las calles,
Alza su voz en las plazas;
Clama en los principales lugares de reunión;
En las entradas de las puertas de la ciudad dice sus razones»(Prov. 1:20-21)
He leído mucho y no termino de asombrarme por lo ignorante que soy, mientras más descubro más me convenzo que no me alcanzará la vida para conocer tanta maravilla, para comprender a cabalidad siquiera una parte (y esto solo de la parte que leo; para qué decir de la inmensa parte que NO leo). Solo el cerebro humano me deja perpleja mientras más conozco de él, es el misterio más grande para mi…¡y para los científicos también!
Hermanos, les digo esto porque yo misma he comprobado la esclavitud de la ignorancia y la liberación que da el saber, en distintas áreas de la vida. Solo en mi maternidad les digo que he descubierto un mundo, y la lectura me ha liberado de una enormidad de mitos que solo trajeron dolor a mi y mi familia.
En esta página iré compartiendo recomendaciones de los libros que más han marcado mi vida y aquellos que considero “deben ser leídos” por su relevancia en su ámbito. Junto a ello hago un llamado, serio y amoroso, para que “escudriñen”, las Escrituras primeramente, y luego el saber recopilado por el hombre durante siglos y siglos hasta hoy. Busque y LEA, lea de todo, discierna, saque lo bueno y deseche lo malo, pero lea, porque hay libertad en el saber.
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