Sobre la Justicia (2da parte): Justicia a la manera de Jesús

Los acontecimientos en mi país han volcado mi atención a un tema diferente a los que tenía planificados compartir ahora. Este tema es la JUSTICIA. Como propietaria de esta página utilizaré mi derecho a exponer y compartir aquí lo que yo considere un APORTE a la REFLEXIÓN sobre este tema, con la esperanza de que ello se traduzca en acciones que reduzcan la violencia y la injusticia, en algún lugar, en algún corazón, en algún momento. Desde mi visión esta es mi contribución: 

En la primera parte de este artículo (Sobre la Justicia: ¿Humana, divina o ambas?) compartí una mirada bíblica de la justicia. Allí queda claro que desde el Antiguo Pacto el concepto de JUSTICIA SOCIAL es central para Dios; la historia de Israel es la historia de un grupo de esclavos liberados de Egipto, en conjunto con gente marginada social y económicamente, denominado «el éxodo»; este acto de justicia de parte de Jehová es el hecho que marca la identidad del pueblo de Dios.

De ahí que la primera preocupación misionera de Israel son aquellos que han compartido sus mismas experiencias de esclavitud, marginación, vulnerabilidad y pobreza. Sin embargo, Israel olvidaba con facilidad.

En el Nuevo Testamento hay un líder que trae devuelta la cuestión de la justicia a un pueblo que había olvidado el hecho que en ella descansaba su identidad misma. Pero su manera de referirse a la injusticia y cómo enfrentarla no era muy intuitiva, la verdad es medio rara ¿Qué es eso de «poner la otra mejilla»?

 

Este líder es Jesús, ante el cual nadie puede ser indiferente, su mensaje y su «modo» genera punzadas, escozor, es incómodo, demasiado revolucionario. 

«»Jesús predicó y vivió en una sociedad dominada por el Imperio Romano; y las clases dominantes judías (es decir, los israelitas que gozaban de poder económico y social) respondían al stablishment romano. Ambos «espacios» de vida eran extremadamente violentos; era la violencia ejercida tanto por el imperio como por las clases dominantes judías.

 

En el sistema imperial romano, el poder tenía como propósito beneficiar a las clases dominantes de las regiones sometidas- por ejemplo, Judea-, quienes, a su vez, seguraban el status quo del imperio. Esos beneficios se manifestaban por medio de la adquisición de tierras y de sus productos: vegetales, animales y humanos. El sistema de recolección de impuestos era el mejor mecanismo. Los recolectores, o `publicanos` (versión Reina Valera Revisada), respondían a jefes recolectores de impuestos como Zaqueo (Lc 19:2), y estos, a su vez, respondían a los representantes del gobierno romano. No existía ninguna ley escrita que apoyara o negara esta práctica; en efecto, en la época de Jesús no había leyes internacionales o relaciones jurídicas entre naciones: ni los individuos ni las naciones tenían derechos. El «honor» ocupaba el lugar del derecho. A la cabeza estaban los ciudadanos romanos, quienes, para mantener el honor del imperio, harían todo lo posible por mantener el orden establecido…

 

Roma ejerció su poder y aplicó la llamada «pax romana« sobre la base del temor. Roma tuvo el monopolio de la violencia física y, por tanto, el control social. Así, Roma protegía a las élites regionales, y estas a su vez, le «pagaban» con los impuestos y con servicios de diversa índole. En otras palabras, Roma no ofreció a la población en general ni artículos para el bien común y las necesidades básicas ni servicios para el desarrollo comunal o social. Todo servicio ofrecido tenía, más bien, el propósito de mantener contentas a las élites regionales y hacer de ellas fieles servidoras del sistema imperial. Los guardias que acompañaron el proceso contra Jesús respondieron a este tipo de «contrato». 

 

En la época de Jesús, ser rico o adinerado era sinónimo de «avaro y codicioso». Los ricos generalmente amasaban su riqueza por medio de la codicia y la rapacidad, el fraude y la eliminación de otros a quienes convertían en «desnudos», «desterrados», «encarcelados», «hambrientos», «sedientos» y «enfermos» (como afirma gráficamente Mt 25:41-43). 


Por su parte, pobres eran los que no tenían acceso a ninguna herencia, los endeudados, los expatriados o exiliados, los enfermos, los lisiados y los huérfanos y viudas. No eran una clase social, propiamente hablando, sino simple y llanamente marginados a quienes nadie tenía por ciudadanos o gente de bien. 


A los pobres, precisamente, viene Jesús a proclamarles las buenas noticias del reino de Dios. Se trata de un reino que no tiene por cabeza a un emperador o rey- en ningún momento podría la cabeza del Imperio Romano ser modelo de líder en el reino de Dios-, sino a un «padre» (Mt 69); y ese reino favorece como ciudadanos a los «niños» (Mc 10: 14-15) y a los «pobres» (Lc 6:20), y no a los miembros de la élite religiosa o económica. 


A los pobres, marginados y vulnerables Jesús les ofrece ejemplos y estrategias de cómo enfrentarse a los poderosos. Jesús no apela ni a la violencia ni a la pasividad, sino a la resistencia no violenta


A los pobres no les dicta leyes ni modelos de acción, sino sugerencias creativas. Ese es el contexto., según Walter Wink, para entender un pasaje como Mateo 5:38-41

La palabra «resistir» en griego (adistemi) significa realmente «resistir con violencia» (en Mt 5: 39. «No resistáis al que es malo., antes bien….»). La intención de Jesús no era ni el sometimiento «dócil» ni la violencia, sino la resistencia no violenta. En esta línea, la expresión del versículo 39 debería decir: No respondas con violencia a la violencia

1-. El dicho de Jesús sobre «la mejilla» debe explicarse a partir del contexto cultural y social de la época. En primer lugar, quién «golpea» y quién recibe el «golpe». Para que alguien golpee a otro en la mejilla derecha tendría que usar la mano izquierda, si la intención es darle un puñetazo. Pero en la cultura del mediterráneo del primer siglo la mano izquierda era la «siniestra», la de las tareas vedadas o impuras. La única alternativa que quedaba era pegar con la derecha, y eso solo se podía hacer con el dorso de la mano. 

Un golpe con la mano derecha en la mejilla derecha no es resultado de una pelea entre iguales, sino un insulto, una humillación. Y esto nos lleva al sujeto del golpe y al receptor del mismo. En este tipo de «golpe» el que daba la bofetada era un superior, y el que lo recibía, un inferior: el amo golpeando al esclavo, el marido a la esposa, el padre al hijo, el hombre a la mujer, los romanos a los judíos. El golpeado estaba en posición de desventaja ante la sociedad; vengarse o responder con violencia era prácticamente cometer suicidio. Sólo quedaba responder con sumisión cobarde, como era la costumbre, o de la manera que Jesús planteaba: la resistencia no violenta.

 

En lugar de una resistencia humillante, Jesús propone a sus oyentes: «No sean tontos, no se dejen, no recurran a la violencia; dejen en ridículo a su adversario. No le den la oportunidad de seguir humillándolos. Al poner la mejilla izquierda le estás diciendo al oponente: «Ya no me puedes considerar inferior a ti; tu posición de poder (género, raza, edad, riqueza) no altera la simple y llana realidad de que soy un ser humano como tú». Para pegarte en la mejilla izquierda con la mano derecha- recuérdese que no se podía usar la izquierda-, el agresor tendría que darle un puñetazo, es decir, tratarte como un igual, y eso sería altamente humillante e insultante para tu «superior».

 

2.- El segundo caso, el de la «túnica» y la «capa», tiene su contexto en la corte legal. Una persona es demandada ante el juez, y se le exige la entrega de la vestimenta exterior. ¿A quiénes se les demandaría de esa manera? A los muy pobres adeudados que no tienen otra cosa con qué pagar más que su manto. Esta era una práctica tan común, que había una ley que damandaba la devolución del manto a la caída de la noche, porque era lo único que tenía el pobre para dormir. La exigencia del manto como pago de deuda era la última humillación para un pobre que había perdido sistemáticamente sus tierras y todos sus bienes. ¿Por qué, entonces, Jesús aconseja dar también la ropa interior, es decir, la bata?. Porque de esa manera ponía al acreedor en total vergüenza

 

Imaginemos al deudor saliendo de la corte totalmente desnudo, y al acreedor con la capa en una mano y la ropa interior en la otra. Con ese acto, el pobre ha volteado la «tortilla». El endeudado no tenía manera de pagar, y la ley apoyaba al acreedor, pero el pobre con su acción rehusó ser humillado una vez más. La desnudez era tabú en el judaísmo, y la vergüenza no recaía sobre el desnudo, sino sobre quien era el causante. Todo el repeto que el rico había tendido en el pueblo, ahora se derrumababa. 

 

3.- El tercer ejemplo, el de «caminar la segunda milla», tiene que ver con la práctica del trabajo forzado que imponían los soldados romanos sobre sus súbditos; en este caso, los judíos. 

 

En la cultura de la época, los soldados romanos sólo podían exigirle a un civil judío llevarle su armamento e implementos una milla. Forzar a un civil acarrear la carga una distancia más grande implicaba penas y castigos militares muy severos. Jesús no aconseja la revuelta ni la sumisión, sino la resistencia no violenta: «Saca al soldado de sus «casillas», sorpréndelo con lo impredecible; dile: «¡Déjame llevar la carga una millas más!». Habría que ver la cara de sorpresa del soldado, pues no sabría cuál es la intención de una persona que actúa así: ¿Quiere insultar su propia fortaleza? ¿Trata de ser amable con él? ¿Lo está provocando? ¿Quiere que lo pesquen obligándolo a llevar su carga más allá de lo permitido? En resúmen, en lugar de ser la víctima, ahora tú agarras el toro por los cuernos y te adueñas de la situación.

      En los tres casos, el punto que Jesús quiere acentuar es el de la sorpresa de agarrar al enemigo desbalanceado. Jesús no está dando leyes o estableciendo una costumbre, sino dando ejemplos de cómo sorprender al enemigo y hacerle perder el balace. Jesús dice: «Aduéñate de la iniciativa moral»; «encuentra una alternativa no violenta»; «afirma tu propio valor humano y tu dignidad como persona»; «enfréntate a la fuerza con humor y ridículo»; «rompe el ciclo de la humillación»; «rehúsa el sometimiento y el aceptar la posición inferior»; «desenmascara el sistema de injusticia»…»averguenza al opresor obligándolo así al arrepentimiento»; «obliga al opresor a verte desde un ángulo diferente».

Ante estas enseñanzas e ideas subversivas, la muerte de Jesús, desde la perspectiva de la sociedad del mediterráneo en el siglo I, no pudo ocurrir de otra manera: la colaboración de esfuerzos del Imperior Romano y de las élites judías.»»


El juicio de Jesús, de hecho, fue el más injusto registrado en la historia, humanamente hablando. Pero el asunto de la justicia humana nunca fue la preocupación central de Jesús durante su ministerio, y los tres ejemplos anteriores sobre cómo enfrentar las injusticias humanas así lo demuestran. El eje central de todo cuanto dijo e hizo fue «el corazón del hombre». Y al referirse a la libertad y la justicia también fue en esos términos. La violencia del sistema opresor fue ignorada para centrarse en la dignidad y honor personal, denunciando pacíficamente y desnudando inteligentemente «la maldad del corazón humano» de quienes ejercen injusticia y violencia. Responder con violencia es desnudar la maldad del propio corazón, no la del opresor. 

 

Muchos de sus seguidores esperaban un revuelo político que pusiera fin a las injusticias sociales, que quien decía ser el Hijo de Dios rescatara a su pueblo de la dominación romana: un nuevo éxodo. Sin embargo, El no lo hizo, esta vez el éxodo fue a otro nivel y de otro alcance: espiritual y eterno. 


Sip, puede molestar, molestó en ese momento y aun hoy molesta. No encaja con nuestras expectativas ni parece responder a esa sed y hambre de justicia que llevamos dentro. Ni los discípulos lo entendieron al principio, pero finalmente lo hicieron y hasta la muerte, dejando un legado que llega hasta aquí, hasta hoy.

 

Finalizo acá y sólo quiero dejarte una pregunta:

 

¿Te molesta a ti?

En comillas dobles texto extraído del libro «¿Qué es la Biblia? Respuestas desde las ciencias bíblicas«. Capitulo 9, págs. 105-114. Segunda  Edición. Sociedades Bíblicas Unidas. 
Autor: Edesio Sanchez Cetina, quien autorizó las citas en esta página.
Nota: subrayados y negritas son míos. Separación con (…) al extraer textos intermedios. Sustituí la palabra Yavé en el original por Jehová. 

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