Sobre la Justicia (primera parte): ¿Humana, divina o ambas?

Los acontecimientos en mi país han volcado mi atención a un tema diferente a los que tenía planificados compartir ahora. Este tema es la JUSTICIA. Como propietaria de esta página utilizaré mi derecho a exponer y compartir aquí lo que yo considere un APORTE a la REFLEXIÓN sobre este tema, con la esperanza de que ello se traduzca en acciones que reduzcan la violencia y la injusticia, en algún lugar, en algún corazón, en algún momento. Desde mi visión esta es mi contribución: 

    Creo que todos tenemos hambre y sed de justicia, parece una necesidad vital (sed-hambre) y la ira se desata cuando no se suple esta necesidad; sucede a nivel personal cuando recibimos un trato que evaluamos injusto, enojándonos; y a nivel social, cuando un pueblo manifiesta su descontento por desigualdad o abusos.

 

Al reflexionar sobre la JUSTICIA una de las preguntas que surgen es ¿de quién viene la justicia?, es decir, ¿quién debe, pero sobretodo PUEDE ejercerla? Parece evidente que la cualidad primaria necesaria para ejercer justicia es «SER JUSTO», es decir, la persona que juzga debe ser justa en si misma, o el grupo de personas que acuerdan unas leyes de justicia deben tener esta cualidad, de otro modo dictarán leyes injustas. 

 

Es entonces cuando en muchos, cristianos o no, surge la duda sobre si el ser humano tiene la capacidad real de dictar leyes justas o si existe una «ley superior» por la cual debe regirse, una especie de «ley divina» que la supera. La respuesta a estas preguntas son las que finalmente guiarán nuestro actuar frente a la injusticia. Si así fuera, antes de la pregunta por si es útil esperar y luchar por justicia humana o no, tomar la justicia por las propias manos o no, o si existe alguna otra alternativa, quiero contribuir a responder qué es la justicia divina DESDE LA BIBLIA (versus una teoría personal sobre Dios y su justicia).

 

Un libro que leí hace poco explica la mirada de Dios respecto a la justicia, comenzando desde el principio y la compartiré en este y siguientes artículos citándola parcialmente, con autorización del propio autor. Este primer artículo muestra que la justicia es precisamente un eje central de la fe bíblica, y con esto parte mi contribución a la reflexión sobre este tema:

  

«»La pregunta más básica de la teología bíblica es la pregunta sobre Dios. ¿Quién es Dios? ¿Qué hace y demanda? ¿Cómo se le conoce, se le alcanza y se le experimenta? A partir de aquí, surgen otras preguntas…

  

Hace varias décadas la ciencia bíblica creyó haber encontrado la clave para afirmar la radical diferencia entre el Dios de la Biblia y los dioses de los pueblos del entorno bíblico. Se decía que mientras en las otras religiones los dioses se revelaban por medio del mito, el Dios de la Biblia se revelaba en la historia (la historia considerada como el medio de la revelación divina). Jehová es el Dios y Señor de la historia… Sin embargo, el examen de la literatura extrabíblica, así como el de trabajos importantes sobre la religión de los pueblos vecinos de Israel, no permite hacer afirmaciones precipitadas sobre la singularidad de Jehová. Hemos aprendido a reconocer ahora que ni aun la revelación en la historia, per se, podría considerarse como el elemento distintivo entre Jehová y los demás dioses.

 

Alguien entonces podría decir: «Bueno, Jehová se distingue de los otros dioses porque él es el Dios de la justicia«. Pero no respondamos tan rápido. Un gran número de textos provenientes del Cercano Oriente antiguo, sobre todo oraciones y plegarias, señalan que algunos dioses fueron conocidos como «dioses de la justicia». Estos dioses no sólo demandaron la práctica de la justicia, sino que también se dieron a conocer como protectores de los más pobres y oprimidos. Por ello, al hablar de la justicia hacia el pobre como el elemento que distingue a Jehová de los demás dioses, es necesario matizar tal afirmación con un CÓMO.

  

Es el ÉXODO el que hace la diferencia cuando se habla de la revelación de Jehová en la historia como Dios de la justicia y como Dios de los pobres.

 

 En primer lugar, Jehová, Dios de quien da testimonio el Antiguo Testamento, hace de la historia el ámbito más propicio para su revelación. Los otros dioses se revelaron por medio de la historia, pero su medio más querido fue el mito…Mientras que los vecinos de Israel rastrearon su origen y razón de ser en el mundo intemporal y etéreo del mito, Israel pudo hablar de su nacimiento en un evento marcado por el carácter concreto de la historia del éxodo. A los vecinos de Israel, el mito les dictó cómo vivir; en el caso de Israel, el éxodo dio significado y propósito a su vida.

  

En segundo lugar, lo que hace al éxodo singular no es solamente su cualidad de evento histórico sino, por encima de todo, lo que sucedió concretamente en ese evento. En algún momento del siglo 13 a.C., Jehová decidió liberar de la opresión egipcia a un grupo de esclavos, hacerlos su pueblo y llevarlos a la tierra de Canaán para convertirlos en una nación.

 

 La singularidad de Jehová y de su pueblo parte de ese encuentro engendrador. Al nacer, Israel lleva la marca de ser pueblo oprimido como motivación para convertirse en nación de Jehová. Y Jehová es Dios de Israel porque saca de la opresión a ese pueblo constituido por esclavos. Es el éxodo como experiencia de justicia lo que marca una diferencia radical. La vida de Israel, como objeto y sujeto de acción, está marcada por la JUSTICIA.

 

En los otros pueblos la práctica de la injusticia podía privar a las personas de las bendiciones divinas. En Israel, por el contrario, la injusticia se convertía en amenaza contra la existencia total del pueblo de Dios. El asunto aquí no es la presencia o ausencia de justicia como demanda divina; sabemos que en los otros pueblos los dioses también reclamaban justicia. La diferencia radica en la INTENSIDAD con la que la justicia impregna la vida de este pueblo particular. Israel nace de un acto de justicia, y sus principios constitutivos lo introducen en la historia como una nación que se estructura sobre la base de una SOCIEDAD IGUALITARIA.

 La justicia en las otras naciones era un remedio temporal en una sociedad estructurada -desde tiempos primigenios y por destino divino- para tener a los «de arriba» y a los «de abajo», amos y esclavos.

 

 

Lo anterior se conecta de manera directa con el espíritu del Salmo 82. Allí se hace una afirmación contundente acerca de la diferencia entre Jehová y los demás dioses. A menos que la justicia empiece en el mundo de los dioses, ésta no puede ser una realidad permanente en la esfera de lo humano. De acuerdo con este salmo, para dislocar las estructuras de injusticia en la sociedad es necesario que los dioses que las soportan sean sentenciados a muerte:

 

 

«Dios se levanta en la asamblea divina, en medio de los dioses juzga:
«¿Hasta cuándo juzgaréis inicuamente,
y haréis acepción de los impíos?
Juzgad en favor del débil y del huérfano,
al humilde, al indigente haced justicia;
al débil y al pobre liberad,
¡de la mano de los impíos arrancadle!
 
No saben ni comprenden; caminan en tinieblas,
todos los cimientos de la tierra vacilan.
 
Yo había dicho: «¡Vosotros, dioses sois, 
todos vosotros, hijos del Altísimo!»
Mas ahora, como el hombre moriréis,
como uno solo caeréis, príncipes.
¡Álzate, oh Dios, juzga a la tierra,
pues tú eres el Señor de las naciones!»

 

Este salmo hace claro, en el espíritu del éxodo, que para la fe del Antiguo Testamento la justicia, como estilo de vida, no puede hacerse presente si Jehová está ausente. Y es por ella misma que el éxodo se convierte en la base de la prohibición de tener otros dioses.

 

 

 

En realidad, la Biblia no está en contra de la idolatría y la adoración de otros dioses por ser algo que destrozaría el corazón de un Dios que no quiere rivales, que sólo quiere que le sirva a él y nada más. No. Jehová no quiere ser un fin en sí mismo…Jehová es Dios de Israel a partir de un evento: el éxodo. Es allí donde Jehová e Israel se encuentran. Sin el éxodo, ninguno de los dos se pertenecen.

 

«Yo soy Jehová, tu Dios, desde la tierra de Egipto» (Oseas 13:4)

 

 

Una comprensión teológica del éxodo ayudará a explicar y corroborar la validez de esta tesis. Los primeros quince capítulos del Éxodo ponen de manifiesto que Jehová vino a liberar a un grupo de esclavos sometidos a una dura servidumbre…En realidad la constante vigencia que el éxodo tiene en la historia de Israel, tal como narra el Antiguo Testamento, se debe sobre todo a la conjugación de Jehová como único Dios de Israel y la presencia de la justicia.

 

 

Es por el éxodo y por el lugar de privilegio dado a los indigentes y marginados que Jehová puede llamarse, con pleno derecho, el Dios de los pobres. En la situación de pobreza y opresión, Jehová halla la razón más poderosa para actuar en la historia. Él y solo él busca liberar y hacer su pueblo a aquellos a quienes los dioses y los poderosos buscan mantener al margen de la vida, en la periferia de una historia que ofrece beneficios sólo a unos cuantos.

 

 

Lo que hemos visto indica que el éxodo no se detiene en la experiencia del ayer entendida como un evento empírico, con sus límites y sus condicionamientos históricos. El éxodo es un evento con un superavit de significado y con capacidad generadora de nuevos eventos liberadores. Por ello, el Antiguo y el Nuevo Testamento hablan de nuevos éxodos. Y ese dinamismo inagotable se debe a que Jehová decidió hacer del éxodo la experiencia y el concepto más queridos, desde los cuales definiría su ser Dios al pueblo de su elección.

 

 

El propósito de la alianza (o pacto) es asegurar la perpetuación del éxodo y, con él, afianzar la vida bajo la dirección de Jehová -único Dios del éxodo-, plantándola en la justicia. Ya que Israel nace del éxodo, y es en el éxodo y a partir del éxodo que Jehová es Dios de Israel (Os 13:4), es lógico concluir que se haría todo intento por mantener esa experiencia como paradigma para el estilo de vida del pueblo.

 

 

Como tal, la alianza convierte el evento liberador de Jehová en promesa divina y en compromiso del pueblo. Por la alianza, los que habían sido beneficiados del éxodo son ahora desafiados a convertirse en agentes de justicia y misericordia; y deberá ser por medio de ellos que otros -en circunstancias de esclavitud y pobreza- encuentren la concretización de las promesas de liberación.

 

 

La alianza, con miras a perpetuar el modelo de vida logrado a través de la experiencia del éxodo, toma muy en serio los dos elementos primordiales para la liberación completa: 1) un solo Dios, y 2) la práctica de la justicia. Por ello, la alianza busca, en primer lugar, liberar al pueblo de su propensión a seguir a otros dioses y poderes idolátricos, y, en segundo lugar, liberar al mismo de toda tentación de autosuficiencia y capricho egoísta. Así, la alianza se convierte en un poder subversivo, pues su origen y dependencia del poder de Jehová, la convierte en generadora de cambios necesarios para destruir toda estructura injusta que intente perpetuar una sociedad desigual -con opresores y oprimidos.

 

 

Con el establecimiento de la alianza se hace efectiva la condena divina contra los otros dioses (Sal 82). Jehová no hace causa común con los otros dioses. Su compromiso será por siempre con seres humanos, con su pueblo. Y puesto que Jehová no pacta con los dioses, este Dios insiste en que su pueblo no tenga nada que ver con ellos. Con la alianza, el compromiso de justicia está en las manos de los seres humanos, se le ha arrebatado a los dioses. Con ella se ofrece un arma para destruir los modelos de vida «irrompibles» asegurados por los mitos y se le da a los seres humanos el derecho y el privilegio de crear estructuras que garanticen una vida humana auténtica.

 

 

La alianza viene a asegurar una vida abundante y plena para todos. Huir de ella es caer en los brazos de la muerte. Sin alianza, enseña el libro de Oseas, se acaba el éxodo; el pueblo es arrastrado el exilio, regresa a Egipto.

 

 

No es difícil descubrir que los elementos que hemos resaltado de la fe del Antiguo Testamento también son centrales en el Nuevo Testamento. En el Nuevo Testamento la cruz de Cristo es central, y el evangelio de Lucas la coloca en el marco del éxodo (Lucas 9:31). Varios pasajes de los Evangelios muestran a Jesús realizando acciones y declaraciones que lo asemejan a Moisés, y con ello lo presentan como guía del nuevo pueblo de Dios, como liberador y dador de nuevas leyes, y de una mejor y nueva alianza (Mt5:1-12, 17, 21, 27, 33, 38; 22:14-20). Jesús, además, definió su ministerio en el marco de la JUSTICIA y el AMOR AL PROJIMO, en especial el pobre y el marginado (Mt 11:2-6; 25:31-46; Lc 4: 16-21; Jn 13:31-35).»»

 

 

Si, Jesús extendió esta justicia predicándola y practicándola; como libertador y ejecutor de justicia sobre nosotros nos entrega la tarea de ser nosotros mismos ejecutores de justicia. Somos agentes de justicia para otros porque nosotros mismos fuimos rescatados de la injusticia ¿Qué significa esto en nuestra vida práctica como ciudadanos de un país?

 
 

 

En resumen, el texto muestra que Dios puso su mirada en los pobres, desamparados, marginados y en quienes sufren injusticia social, liberándolos; luego pone en nuestras manos el reproducir esa justicia en otros bajo las mismas condiciones, una tarea que no podemos realizar sin la alianza con EL, porque para ello es necesario que seamos liberados de dos cosas: 1) la «propensión a seguir a otros dioses y poderes idolátricos», y 2) la «tentación de autosuficiencia y capricho egoísta», ambas relacionas con el «corazón» humano y algo que solo EL puede cambiar.

 

De nuevo ¿Qué significa esto en nuestra vida práctica como ciudadanos de un país?

Por ahora, te dejo la inquietud. 

 
 

 

Lo cierto es que Jesús bajo el Nuevo Pacto mostró cómo enfrentar la injusticia, pero de un modo completamente diferente, un modo alternativo, en una superposición humana y divina, y más revolucionaria que cualquiera.

 

CONTINUA en «Justicia la manera de Jesús«

 
 
 
 
 
 
 
  
 

Texto extraído del libro «¿Qué es la Biblia? Respuestas desde las ciencias bíblicas«. Capitulo 9, págs. 105-114. Segunda  Edición. Sociedades Bíblicas Unidas. 
Autor: Edesio Sanchez Cetina, quien autorizó las citas en esta página.
Nota: subrayados y negritas son míos. Separación con (…) al extraer textos intermedios. Sustituí la palabra Yavé en el original por Jehová. 

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