Los Otros

Hace unos años, sentí la necesidad imperiosa de redactar una enseñanza que caló hondo dentro de mi. Comenzó cuando todo a mi alrededor me llevaba a reflexionar sobre lo mismo; las circunstancias, conversaciones con amigos, la iglesia a la que asistía, lo que veía, lo que no veía. Y pronto pasó de ser una simple reflexión a una inquietud constante, una necesidad intensa de encontrar la respuesta a una pregunta: ¿cuál es la verdadera adoración? O más que eso: ¿qué es adorar a Dios? En aquel entonces, me aparté de todo por una semana con una Biblia de estudio buscando una respuesta de Dios. Y volví con un tesoro, grabado con fuego y que nadie podrá borrar.

Busqué en el Antiguo Testamento todo acerca de la adoración, en el principio, es decir, desde el Génesis. La pregunta era ¿porqué y para qué llamaba Dios a su pueblo a adorar? ¿porqué era una ley? ¿qué hacían al adorar?

Y encontré que era parte de la ley adorar a Dios, celebrando las fiestas solemnes “en mi honor”, en las cuales:

“en la presencia del Señor su Dios, ustedes y sus familias comerán y se regocijarán por los logros de su trabajo, porque el Señor su Dios los habrá bendecido”

 “celebrarás en honor al Señor tu Dios la fiesta solemne de las semanas, en la que presentarás ofrendas voluntarias en proporción a las bendiciones que el Señor tu Dios te haya dado.Y te alegrarás en presencia del Señor tu Dios en el lugar donde EL decida habitar, junto con tus hijos e hijas, tus esclavos y tus esclavas, los levitas de tus ciudades, los extranjeros, y los huérfanos y las viudas que vivan en medio de ti.”

Vi que cuando Dios llamaba al pueblo a adorar, lo llamaba en realidad a: compartir, regocijarse, no solos, sino que junto a otros, seres queridos y “no muy queridos”; extranjeros, esclavos, viudas, huérfanos.

 Que mandamiento más contradictorio al que muchas veces se sigue en la actualidad:

“Irás a la iglesia y a eventos en mi nombre, y en la presencia del Señor te regocijarás solo y levantarás tus manos y no mirarás al que está a tu lado porque entonces no me estarás adorando a mi, sino que estará tu atención sobre los hombres, cosa que aborrezco. Y te olvidarás de todo lo que esté a tu alrededor porque me estarás adorando a mi y solo a mi. Además, no te importará si hay alguien triste o desamparado a tu alrededor, ni te importará que alguien este pasando alguna necesidad de cualquier índole; déjalos porque su propio pecado lo ha llevado a ese estado y tendré que quebrantarlos y humillarlos para que se santifiquen. No tecontamines tú con ellos, solo adórame”

¿Fuerte? A mi me pareció más fuerte lo que me revelaba la Escritura sobre la adoración. Me vi a mi misma invirtiendo mucho tiempo en diferentes eventos destinados precisamente a adorar a Dios, y luego vi la verdad, lo que en verdad Dios pide de mi cuando le adoro. No pude evitar conmoverme al ver la contradicción entre lo que hacia y lo que creía estar haciendo. Vi mi ensimismamiento, el error, la búsqueda de sensaciones y satisfacción solo personal mientras yo creo que adoro. No hay que perder el enfoque, es maravilloso alabar a Dios junto a otros creyentes, pero según las Escrituras ¿cuál es el verdadero corazón de la adoración?

Encontré también que adorar era llevar ofrendas y diezmos…pero, ¿para qué? ¿para quién?

“Allí, llevarán ustedes sus holocaustos, sacrificios, diezmos, contribuciones, promesas, ofrendas voluntarias y los primogénitos de sus ganados. Allí, en la presencia del Señor su Dios, ustedes y sus familias comerán y se regocijarán por los logros de su trabajo, porque el Señor su Dios los habrá bendecido”…”disfrutarás de ellos en la presencia del Señor tu Dios…Así también lo harán tu hijo y tu hija, tu esclavo y tu esclava, y los levitas que vivan en tus ciudades…cuídate de no abandonar al levita mientras vivas en tu tierra”

“Y se regocijarán en la presencia del Señor su Dios, junto con sus hijos e hijas, con sus esclavos y esclavas, y con los levitas que vivan en las ciudades de ustedes, pues ellos no tendrán ninguna posesión ni herencia.”

“Cada año, sin falta, apartarás la décima parte de todo lo que produzcan tus campos. En la presencia del Señor tu Dios comerás la décima parte de tu trigo, de tu vino y tu aceite, y de los primogénitos de tus manadas…así aprenderás a temer siempre al Señor tu Dios…allí, en presencia del Señor tu Dios, tú y tu familia comerán y se regocijaránPero toma en cuenta a los levitas, recuerda que a diferencia de ti, ellos no tienen patrimonio alguno.

Y esto es extraordinario:

“Cada tres años reunirás los diezmos de todos tus productos de ese año, y los almacenarás en tus ciudades. Así los levitas que no tienen patrimonio alguno, y los extranjeros, los huérfanos y las viudas que viven en tus ciudades podrán comer y quedar satisfechosEntonces el Señor tu Dios bendecirá todo el trabajo de tus manos.”

“Entre ustedes no deberá haber pobres”

Fue una revelación para mi. Las ofrendas y los diezmos eran un mandato, una obligación, y qué obligación más noble, que ejemplo más elocuente del Amor infinito de nuestro Dios, la del deber de  apartar de lo que Dios me da PARA LOS QUE NO TIENEN, ¡¡¡ESO ES ADORAR A DIOS!!!!! Regocijarse comiendo juntos, lo que se ha apartado para Dios, compartiendo con los pobres, huérfanos, en fin, con “los queno tienen heredad”; cuánto amor hay en su ley, pues su ley no lo beneficia a El, sino que beneficia a sus hijos (¿qué podemos darle nosotros a El que es dueño de todo?).

No hace falta recordar que el mismo principio que se encuentra en el Antiguo Testamento se encuentra también en el Nuevo, en todas las cartas, Pablo y Juan hablan de lo mismo, y Jesús mismo trajo de vuelta este principio a un pueblo que había sustituido la adoración a Dios por la adoración de sí mismos, enorgulleciéndose por su seudo-santidad, que no hacía otra cosa que menospreciar a “los otros”. Nada más lejos de su voluntad, revelada a lo largo de toda su Palabra

“Misericordia quiero y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos”

“El amor no daña a su prójimo”

“Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia…”

Hay quienes, haciendo caso omiso a todo el resto de la revelación de Su voluntad en las Escrituras, se aferran a algún versículo que parece la única esperanza de justificar su voluntad egoísta y egocéntrica, bajo el estandarte de “la voluntad de Dios”.

Su justicia y su santidad aparece en Levítico 19, también en Números y Deuteronomio, de donde tomé las citas de arriba. La santidad que Dios le exigía al pueblo estaba estrechamente ligada al respeto y consideración de los demás, a no creerse superiores a nadie, a cuidar al débil, a no burlarse, a no adorar al hombre, ni aun a los “hombres de Dios”. En el Nuevo testamento, los requerimientos o normativas que los autores hicieron a algunas iglesias, siempre fue en función de los otros, para no estorbar la conciencia de algunos, o para no provocar contiendas innecesarias, etc, siempre en cuidado de los demás, porque si la forma de adoración de uno, confundía, perturbaba o aun entristecía a otro, entonces ya no era un acto adoración genuina a Dios, porque adorar a Dios significa cuidar y respetar a tu prójimo, porque significa mirar al otro. Incluso cuando Pablo habla de los dones esprituales: “A cada uno se le da una manifestación especial de Espiritu para el bien de los demas” (1 Cor 12,7) y los mejores dones son aquellos que edifican, animan y consuelan a los demás.

Los otros, la consideración por las personas que nos rodean, en particular por los que tienen alguna necesidad, los que «no tienen heredad», allí está el corazón de la adoración. Jesús lo dijo. 

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