VIVE

Hace muchos años una paciente me contó una historia de cuando era niña y estuvo hospitalizada por haberse quemado gravemente. La experiencia fue traumática, principalmente porque en esos años no permitían que las madres acompañaran a sus hijos en el hospital, y ella estuvo sola y asustada por más tiempo del que una niña pequeña puede soportar. Su madre solo podía mirarla de lejos a través de un vidrio, y se le permitía entrar solo el día de visita. La niña que era no soportó esa situación y se deprimió. Ella recordaba claramente la sensación que tenía en ese lugar frío y solo: una sensación de muerte. Aun siendo tan pequeña, comenzó a experimentar el deseo de no vivir y la falta de toda motivación por la vida. Eso es lo que hace la depresión efectivamente. Su pequeño cuerpecito fue cubierto por un manto de muerte.

Un día, estando despierta por la noche, vió a un hombre sentado en su cama. Era un hombre vestido de blanco con túnica roja, que tenía la misma apariencia de quien después vería en las películas, como Jesús. Ella no conocía ni había escuchado nunca de Jesús, no sabía nada de él, pero años después vería a ese hombre en las películas.

Ese hombre sentado en su cama la miró y le dijo una sola palabra: VIVE.

Fue todo lo que ella recordaba, y la marcó para toda su vida. Fue una orden, un mandato, a vivir. Me estremeció.

 

Cuando llegó a mi consulta, ya adulta y con un gran problema personal, me mostró sus quemaduras, completamente sanas, cuyas huellas le servían para recordar ese mandato. Estoy segura de que esa orden fue la razón por la cual superó su problema, más que la terapia. De hecho, la terapia se erigió en torno a ella.

 

Al escuchar el relato de esta mujer, y al pronunciar ella el mandato que el hombre le dió, algo se sacudió en mí y tuve ganas de llorar, llorar y reír. El punto es que yo recibí también ese mandato, como si El mismo me lo estuviera diciendo, a través de mi paciente.  

 

Nunca olvidé eso, y me ha acompañado hasta hoy.

 

No podría contar cuántas veces ese mandato ha influido en mi a lo largo de estos años, cuántas veces me ha sacado de estados angustiosos o depresivos o de agotamiento o de desaliento, de desmotivación por seguir. Cuando todo está difícil, esa voz aparece en mis recuerdos, como un llamado, una orden. El modo en que “vivir” se ha transformado en una orden divina para mi, se manifiesta en mi pensamiento, creencias, formas de abordar los problemas, e incluso en mi forma de hacer terapia. Vive. Recuerdo el Génesis y la orden que Dios le dio a la primera pareja, su máxima y más preciada creación: Vayan. Fructifiquen. Multiplíquense. Señoreen en la creación. Sojuzguen la Tierra ¡Vivan!

 

Sean, creen, expándanse, contribuyan, aporten, dominen la creación, crezcan, vivan. Es la orden que tienen todos los seres que tiene aliento de vida, nosotros. Es la orden de vivir la que sostiene la vida. Cuando esa orden se apaga, llega la muerte. Quien dijo ser la VIDA misma, no podría expresar otra orden más elocuente: VIVE. El es el Camino, la Verdad y la Vida, y su Palabra es coherente con quien El es.

 

Hoy estoy de duelo, por eso escribo esto. Han pasado unas semanas desde que murió, y fue devastador. Aún no puedo asimilarlo del todo, aun no puedo creerlo. Es la segunda muerte en mi familia en menos de 2 años. Y esta fue más cercana, más dolorosa. Tengo tanto que decir respecto a esto. Quisiera llorar y escribir, llorar y escribir todo, todo lo que he sentido y aprendido. Pero solo puedo dejar aquí una parte de mi. Lo que quiero compartirles a ustedes, mis lectores, es que estuve inundada por una halo de muerte, sentí que no tenía motivación ni energías para vivir ¿Qué es esto? ¿para qué vivir?, pensaba yo; la muerte está tan cercana, ya no quiero soportarla de nuevo, escucho historias de muerte con mis pacientes, y tengo que contenerlos a ellos, y me ha tocado palparla a mi tan de cerca. Ya no quiero vivir con la muerte rondando. Como solo una vez me había pasado antes, sentí el peso de la muerte sobre mi. Esa muerte que es ausencia de vida, ausencia de esa orden a vivir, un desfallecimiento, una falta de voluntad y energía para hacer cualquier cosa que implique vivir, como comer, menos aun trabajar. Sentí, literalmente, como si una nube gris de muerte me cubriera y lo cubriera todo. Solo quería dormir y dormir, y ojalá para siempre. Si, así me sentí ¿te ha pasado alguna vez?

 

Pero hubo una voz: VIVE.

 

Otra vez ese llamado, como una orden, se asomaba en mi cabeza en medio de la nube gris, y empezó el proceso. Claro, la vida surge con una muerte, así lo muestran las semillas, que deben morir antes de germinar. Así Jesús tuvo que morir antes de darnos vida a nosotros, demostrando ser la Vida misma al resucitar. Hay un orden para todo. Morir y vivir, son parte de la vida misma.

 

El dolor se transformó con las semanas en una resignificación de la vida, y hoy tengo un mensaje mucho más claro que dar a quienes tenga al frente para hablarles. Ahora siento la vida resurgiendo, y se traduce en ciertas acciones: quiero limpiar, limpiar mi vida de relaciones que no me aportan, de intereses que no me nutren, de actividades que no me llenan realmente, de todo lo accesorio, para dejar lo esencial. También quiero volver a mi esencia, y volver a ser yo misma como cuando era niña (como lo describo aquí). 

 

Pero hoy escribo esto para dejar registro de algo puntual: Dios me habló hace años a través de una paciente, dejándome un mensaje tan claro, tan contundente, que me ha levantado a la vida en mis peores momentos: VIVE. Quiero compartir que así hace las cosas Dios, así ocurren en la vida de los creyentes, Dios se mueve como un río que riega la tierra, como la sangre que nutre el cuerpo (como lo explico en este artículo), y a través de sus redes envía mensajes hasta nosotros. Quiero compartirte esto por si a ti te pasa lo que a mi me pasó: que un halo de muerte te inunda.

 

Muchas muertes son guiadas por una voz que les dice: muere. Una voz que dice NO A LA VIDA. Cuidado, que esa voz puede estar aun dentro de las iglesias, como psicóloga que atiende en su mayoría a cristianos lo que he visto. El resultado de esa voz es la desvitalización, la desesperanza, y, en muchos casos, el impulso a incurrir en acciones riesgosas o francamente suicidas, para terminar de una vez con el sufrimiento de la vida.

 

No, tu VIVE.

¡Vive, por el amor de Dios! ¡VIVE!

 

Hoy quiero transmitirte esa voz que me llegó a mi, a través de mi paciente, y que hoy Dios te envía a ti, a través de mi: hijo mío, hija mía: VIVE.

 

Dios está más allá del tiempo y del espacio, ese día que se sentó en la cama de una pequeña niña y emitió ese mensaje, es hoy mismo y es aquí mismo. Por algo llegó ese mensaje a mí, y por algo ahora llega a ti. Él no tiene límites de ningún tipo y lo que su boca habla llega hasta los rincones más recónditos que El quiera. Ahora, en este preciso instante, esa misma orden está llegando a ti: VIVE.

 

No se en qué minuto llega este mensaje a ti, pero sé que lo necesitarás. Como yo, todos experimentamos el apagamiento de la orden natural y divina de vivir en algún momento de nuestras vidas. Pero Dios se preocupa de su creación, y continuamente y activamente nos manda mensajes, cumpliendo el rol de la sangre misma que nutre y da vida al cuerpo. Nosotros somos el cuerpo, El es la sangre. Yo cumplo hoy el rol que me ha dado en esta vida, CONECTAR y TRANSMITIR. En medio de mi dolor hago lo que me da vitalidad, que es cumplir el propósito de Dios en mi vida, y eso es ser conexión. Hoy te conecto a ti con el mensaje que Dios envió una vez, y Dios sabrá qué hará eso en tu vida.

 

Que Dios te bendiga.

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